DE PUJOL A BALLADUR

Barcelona Liberal , 03/12/07, 18:09 h
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Por Manuel Milián

No parece este momento el mejor para la clase política, si mide su labor como respuesta realista a sus necesidades objetivas. Se echa de menos el realismo imprescindible para que el éxito electoral se corresponda con las demandas de la sociedad.

La moderación exige realismo, y no un procedimiento de arbitrariedades en razón de suposiciones programáticas o de quienes “ven” así las cosas. A la política se va a algo más que a ganar votos. Resolver problemas debería ser su norte. Por eso no parece de recibo que hoy echemos mano de la tan manida doctrina de Maquiavelo, cuando la moral del político adopta actitudes con el exclusivo principio de la utilidad.  

Esta reflexión nace de dos libros de reciente aparición que merecen ser leídos detenidamente: Maquiavelo en democracia, de Edouard Balladur, y las Memòries (1930-1980), de Jordi Pujol. Nada que ver el uno con el otro, antes bien se contraponen, partiendo de sus concepciones casi antagónicas de la política. El primero invita al cinismo, dado que la conclusión busca exclusivamente el éxito a partir de la subjetiva interpretación del Poder. A decir verdad, de la ficción, del engaño, de la instrumentación del mismo para obtener un fin al margen de toda consideración moral. La más ortodoxa interpretación de El Príncipe; es decir, cómo triunfar en política. El segundo se contrapone radicalmente a esa visión pragmática y sin alma. J.Pujol se aferra a la genuina ética del concepto: “jo tinc la pretensió - i que se’m perdoni la immodèstia si és que ho és- que en el meu cas el que de molt més ha pesat en la meva vocació i la meva dedicació polítiques  han estat les conviccions” (pág. 11) ¿Alguien puede poner en duda una tal afirmación? Pujol ha sido el exponente honesto de una vocación sin límites, amasado de convicciones sólidas, arrostrando sus ineludibles consecuencias. La convicción se antepone a cualquier otra condición o mérito. Esa es la ética de la política, que se mide en función de principios y valores. Nunca en razón de conveniencias.  

Sólo así germina el liderazgo, la verosimilitud de las creencias, la plasticidad de los hechos que configuran la Autoridad y legitiman el papel protagónico de los líderes ante sus pueblos. Difícilmente  nadie que no parta de valores podrá arrancar aquiescencias. Cataluña otorgó veintitrés años de confianza a Jordi Pujol, y, si me apuran, a Maragall. ¿Conseguirá el Tripartito la misma renta? Hay cosas, gestos, palabras, mudanzas que no son de recibo. Los desastres que Cataluña vive hoy no pueden justificarse con artimañas. La evanescente ministra Magdalena Alvarez  supera los niveles de frivolidad e incompetencia conocidos. No parecen justificables sus errores y conductas, ni siquiera su condición socialista merece el amparo de los suyos  como hemos visto en el Congreso de los Diputados. Como no es de recibo sostener que “nunca se invirtió tanto en Cataluña como ahora”. Los datos indican que las mayores inversiones se acometieron en los años de gobierno de Aznar entre 2002 y 2005.  

Jordi Pujol es el antimodelo de Balladur, la defensa de los valores- errados o no-de una política que puso su acento en Cataluña, los catalanes y sus pilares de identidad. Su voluntad, fortalecer el país para proyectarlo a nuevos horizontes, y tal vez con ello se desvió el punto de mira en las infraestructuras, dejando de lado que el crecimiento económico y la potencia expansiva de un país establecen la prioridad de las infraestructuras. Con todo, no es este un hecho moral. Un hecho moral será engañar con políticas-ficción, con abortos y políticas familiares falaces que tratan de encubrir la miseria de una profunda crisis con apariencias de modernidad. Hoy Zapatero no está en la sintonía de Pujol - aunque ahora eche mano de hombres que califican sus obras de principios como Pedro Solves o José Bono-, sino en el derrotero cínico de la política, definido por Edouard Balladur.  
 

Manuel Milián Mestre

Publicado en El Mundo, reproducido con permiso del autor. 


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